jueves, 28 de julio de 2005

La prueba, La legaña y las vacaciones

Un día una tía llamada Gabriela tubo que hacer un trabajo para su universidad que era muy largo, entonces mi tía se lo pasó a mi mamá para que lo pasara al computador. Mi tía trabajó por una semana de noche a día, pero fue tanto lo que se quedó despierta que cuando la volvieron a ver, mi tía estaba cubierta de legaña asquerosa.

La llevaron a la Clínica Santa María para explicar como le iban a sacar toda la legaña pegada que parecía que estuviera muy pegada con kilos de silicona líquida.

Tuvieron una idea pero que era muy doloroso para la tía Gabriela, ésta era que tiraran con toda su fuerza hasta que se saliera toda la legaña, entonces lo hicieron y tiraron con toda su fuerza y le sacaron la legaña y con mucha suerte porque la tía Gabriela no tenía ningún tajo pero se notaba muy cansada así que le dijeron que descansara y que después trabajara hasta el día de la prueba de despedida de la universidad.

Llegó el día de la prueba, era súper larga pero como la tía estudió tanto se sacó un 7.0 y salió de vacaciones con sus amigas a la playa de Quintero, y fueron muy felices en sus vacaciones.

martes, 26 de julio de 2005

La llegada a Quintero


Un sábado asoleado en Santiago por la mañana me fui a la playa con mi mamá en el bus hasta Quintero, pero casi nos devolvimos porque la chapa estaba pegada o alguien trato de entrar y dobló la chapa, pero igual con la ayuda del maestro de las casas de allá levantó la puerta y se abrió.


Como mi jardín estaba tan bonito decidí plantar algunas cosas mas, y fue quedando más y más bonito con la ayuda del maestro quien siempre que yo no estoy lo riega muy feliz.

jueves, 21 de julio de 2005

Mi papá conoció a uno de los cuatro fantásticos

Recién salí del cine. Vimos con mi mamá los 4 fantásticos y recordé la vez en que mi papá me contó que conoció a la Mole. Fue hace muchos años, cuando él era chico y daban en la tele los 4 fantásticos en monitos animados.
Me contó que era su serie de monitos favorita y jugaba con sus hermanos, cada uno representando a un personaje. Como imaginarán, mi papá era la Mole o el guapo Ben, como decía siempre la Mole.
Pero un día, cuando volvía del colegio, que quedaba cerca de unos cerros, bien lejos y caminaba como una hora, se le apareció la Mole. Mi papá no lo podía creer. Se había hecho realidad su sueño.
Conversaron mucho rato, en un lugar en que nadie los viera. La Mole le enseñó muchas cosas, como se destruían rocas, por ejemplo, con un solo golpe o como se levantaban troncos muy pesados. Pero le hizo prometer que no le contaría a nadie que eran amigos, lo que mi papá cumplió hasta hoy en que me contó a mí, aunque se moría de ganas de contarle a sus hermanos y compañeros de colegio.
No sé si se enojara que se los haya contado a todos, pero me gustó mucho que mi papá fuera amigo de la Mole.

lunes, 11 de julio de 2005

La niña que siempre fue feliz

En una aldea nació una niña chica que le pusieron Leticia.
Leticia fue una inteligente niña y que le iba muy bien en el colegio, por lo tanto, cuando fue adulta fue muchas cosas: arquitecta, por un año vicepresidenta y muy pocas veces ingeniera civil. Pero en la que ganó más dinero fue en la arquitectura porque diseñó muchos planos de mansiones gigantes y muy bonitas de hartos colores. Y así le fue toda la vida, siempre bien sin ningún problema; era sana, se cuidaba sumamente bien y descansaba todo lo que tenía que descansar para que al otro día no amanezca cansada.

viernes, 8 de julio de 2005

La Cigarra y la Hormiga

En un bosque de mucho trigo, vivía una hormiga muy trabajadora que en estos momentos estaba recolectando triguito para el frío y muy pocas veces cálido invierno
Luego de recolectar el suficiente trigo que pudo se lo llevó a su madriguera y descansó un poco, pero la cigarra floja como siempre lo ha sido, estaba cantando al sol pensando que faltaba muchísimo para el invierno pero pasaron los pocos días y llegó el invierno. La cigarra se moría de frío y con sus ultimas fuerzas toco la puerta de la hormiga y la cigarra le preguntó: ¿Puedo comer contigo y te prometo que el próximo año no voy a ser floja y voy a juntar comida... la hormiga dijo que si a si fueron por siempre buenas amigas.

viernes, 1 de julio de 2005

El bosque seco

En un día de sol, vivía un árbol en un bosque seco, el tenía calor y estaba moribundo pero como un niño pasó a inspeccionar y a ver como estaba de seco ese bosque porque le habían contado sus papás y querían que su hijo fuera a verlo.

Pasó un largo rato de camino hasta que muy pero muy adentro del bosque vio un árbol moribundo que gritaba ¡¡¡¡¡¡¡¡AGUA!!!!!!!!, el niño trato de correr lo más rápido que pudo para traerle agua al árbol para que no muriera pero mientras corría se resbaló y se le desparramó toda el agua en el pantalón, pero sin importarle pensó en otro modo... siguió pensando... y dijo: ¡ya sé! voy a traer una manguera súper extremadamente grande y voy a regar todo, cumplió y regó todas las plantas que vio. Al día siguiente fue a ver las plantas y vio todo hermoso con plantas por todo el lugar y el árbol estaba más feliz que nunca.

martes, 28 de junio de 2005

La piscina de masa

Había una vez un niño que quería ir a una piscina por que hacía mucho calor. Llegó a la piscina con su toalla y se metió un buen rato, hasta que quien sabe por qué razón se cansó tanto de nadar, volvió a su casa y se durmió a las 6 de la tarde.
Al día siguiente, despertó medio mariado y teniendo alucinaciones de calor; después de un rato sin importarle lo que le estaba sucediendo, fue de nuevo a la piscina, pero esta vez no estaba tan cristalina y la estaba cubriendo una masa muy rara o algo por el estilo y siguió viendo alucinaciones, pero esta vez de frio y vió en estas alucinaciones que el agua estaba cristalina como la primera vez que la vió; se metió a la piscina y la piscina se chupó al niño.
Dos días después la mamá y el papá estaban muy preocupados y llamaron a la policía y le dijeron que su hijo había ido a la piscina y no había regresado en estos dos días.
Los carabineros dijeron que ya iban a buscarlo a la piscina y los carabineros se metieron en ésta sin importarle la masa y fueron chupados y así sucesivamente con todos los habitantes de la ciudad y al final no queda nadie en la ciudad.

viernes, 24 de junio de 2005

El globo dormilón

En una tarde de otoño, el viento soplaba suavemente y arrastraba las hojas que caían de los árboles, los niños corrían y jugaban en el parque de los castaños.
Era un parque adorable, un pequeño estanque de patitos y una gran fuente lo adornaban.
Dentro de él, las horas no existían, todo era como si el tiempo se parase a descansar y de un bolsillo de mago salieran las mejores fantasías de nuestros cuentos preferidos.
Allí iban los ancianos a pasear, a recordar las historias de su vida y a aprender a soñar de nuevo.
Un payaso vendía sus globos de colores. Siempre estaba rodeado de pequeños que le veían inflar sus globos e imaginaban como estos partían hacia el cielo formando figuras.
¡Mirad, el globo rojo se ha escapado!. Gritaba: un niño.
¡Seguro que ha subido a las estrellas, gritó otro!.
¡Me ha dicho mi mamá, que los globos son como nuestros sueños que a veces se escapan y dejamos de creer en ellos, pero luego viene otro sueño y volvemos a estar contentos. Lo mismo ocurre cuando un globo se nos escapa, cogemos otro y volvemos a divertirnos.
El payasete del parque siempre estaba rodeado de sus globos.
Un niño rubio, de ojos oscuros, le preguntó:
¿Por qué los globos se hinchan cuando los pones en tu bombona?.
Los globos, respondió: el payaso, tienen dentro un gas, que es algo que flota en el aire, y ese gas, se llama Helio.
Cuando pasan las horas el gas se va terminando y el globito se deshincha.
¡Puedes hincharlo otra vez, sólo necesitas soplar muy fuerte y el globo volverá a esta gordo!.
Los niños al ver al payaso, corrían a comprarle globos.
El globo de nuestra historia nació así.
Globi, era fuerte, pues lo habían llenado mucho de helio y tenía un maravilloso color azul.
Abrió su boquita para despertar de su sueño. El globo, se vió rodeado de pequeñuelos y de un payaso.
Tanto quiso curiosear, que cuando el payaso fue a vendérselo a un niño el globo salió volando hacia el cielo.
El payaso no pudo hacer nada por evitarlo. Y el globo marchó libre en busca de aventuras.
Globi, comenzó a dar vueltas, hasta que su hilo quedó atrapado en el alero de un tejado. Intentó salir de allí, pero no pudo.
Cerca del alero, había una gran ventana, llegó hasta ella, inclinándose un poquito.
A través de ella, observó como unos niños jugaban. Estuvo horas y horas viéndoles jugar, hasta que se quedó dormido.
Todos los días se repetía lo mismo, él, los veía jugar y se sentía feliz, pero le daba un poco de envidia no poder jugar con ellos.
Se movía de un lado para otro para llamar su atención, pero no conseguía que los niños le vieran.
Dormía y Dormía, quería tener fuerzas para moverse más y más.
Por eso, siempre estaba dormido, se cansaba tanto, que cuando descansaba seguía soñando despierto pensando que tal vez un día, los niños le verían.
Un día, hizo tanto esfuerzo porque le vieran que se pinchó en un clavito que había en la ventana.
Al pincharse, el globo salió despedido, el hilo se soltó con fuerza, y se elevó muy deprisa, muy deprisa, hacia arriba.
Él, sabía que le quedaba muy poquito para quedarse sin aire, entonces se elevó más y más como queriendo tocar las nubes.
Se elevó por encima de las casas y de la torre de la iglesia.
Se iba perdiendo en la lejanía y al cabo de un rato ya no volvió a vérsele.
Se perdió para siempre en el atardecer, allí dónde el sol, ya se oculta.
Seguro que está junto a las estrellas, haciendo mimitos a la luna.

Tocotoc el Cartero Enamorado

Tocotoc el Cartero Enamorado
Desde muy temprano, Tocotoc, el cartero de Cataplún, sale a repartir las cartas y los paquetes por todo el pueblo. En un morral grande y resistente Tocotoc lleva los mensajes y regalos que amigos y familiares de otros pueblos envían a los cataplunenses.
A las siete de la mañana Tocotoc da unos golpecitos en la primera casa de su recorrido que suele ser la de Kupka, el zapatero.
– Toc-toc-toc...
– ¿Quién es? –dice el zapatero.
– Soy yo, Tocotoc. Te traigo una carta de tu hija Tris. Viene desde Achix.
– La estaba esperando desde hace varios días. Gracias, Tocotoc –dice Kupka, abriendo la puerta–. Oye, ¿me acompañas a desayunar? Tengo pan recién salido del horno.
– Gracias, amigo, pero voy de paso.
El recorrido continúa por la casa de Lino, el pintor. De allí, Tocotoc pasa a la casa de Alba, que tiene un gallinero. Luego siguen Dubi, que prepara los jugos de frutas más deliciosos de la región, Santi, el entrenador de fútbol; Sebastián, el carpintero, y Plicploc, el plomero. Así, de casa en casa, Tocotoc va entregando el correo que tanto esperan sus paisanos. ¡Qué felicidad sienten ellos al recibir las cartas que Tocotoc les entrega! y siempre, cuando el cartero toca a la puerta, es bienvenido y todos en Cataplún tienen gran amistad con él.
A Tocotoc le gusta mucho ser cartero. Además de poder visitar todos los días a sus amigos, le encanta examinar cada sobre con atención. Le divierte ver los dibujos y los colores de las estampillas y sobre todo tratar de leer en voz alta los nombres de los pueblos lejanos como Ylikiiminki, de donde le envían recetas de helados a Hummmm; Xicoténcatl, donde Choclos tiene una prima; Al-Hanakiyah, donde viven los tíos de Soad la tejedora, o Rarotunga, la isla donde vive Masomenos, un antiguo profesor de Cataplún.
Pero Tocotoc no fue siempre un cartero feliz. Hubo una época en la cual a pesar de lo mucho que le gustaba repartir cartas, no podía evitar sentirse cada día más triste. La causa de tanto pesar era que él, el propio cartero de Cataplún, no tenía nadie que le escribiera una carta y no tenía tampoco a quién escribirle. Tocotoc no podía evitar un hondo suspiro cada vez que entregaba una carta y, a pesar de ser amigo de todos en el pueblo, se sentía des-cartado.
En todo su recorrido por las casas de Cataplún sólo había un momento en que Tocotoc se sentía verdaderamente feliz. Era cuando llegaba el turno de entregarle las cartas a María, la costurera.
– "¡Qué linda es esa costurerita! –pensaba el cartero y se peinaba y se subía las medias antes de tocar a su puerta.
Toc-toc-toc...
– ¿Quién es? –preguntaba María.
– Soy yo, Tocotoc, y te traigo una carta de Nina la costurera de Ravapindi –respondía el cartero, con las mejillas todas rojas y el corazón que se le explotaba.
La costurera, que era muy trabajadora, nunca tenía tiempo para charlas con Tocotoc y apenas si se despedía. El cartero, por su parte, era tan tímido que no se atrevía a decirle que estaba enamorado de ella.
Una noche, mientras ordenaba las cartas que debía repartir al día siguiente, Tocotoc tuvo una idea que le iluminó el rostro con una gran sonrisa: "Voy a escribirle una carta a María. Le diré lo que siento por ella sin que sepa que soy yo". Y así fue como por primera vez en su vida, el cartero de Cataplún escribió una carta.
«Hola , María:
Espero que cuando abras este sobre estés contenta y no te hayas pinchado ningún dedito con la aguja de coser. Tú no me conoces, pero yo sí a tí y yo te quiero mucho.
Tú me encantas, Mari. Tus ojitos son como dos limones y tus mejillas como dos bellas manzanas. Tu nariz de frijolito es muy graciosa y tus labios parecen dos pétalos de rosa. Cuando veo un sacacorchos me acuerdo alegremente de tus cachumbos y por las mañanas, la miel del desayuno me trae a la memoria el color de tu pelito. María, eres una niña muy bella, yo te quiero mucho.»
Tocotoc dobló el papel y lo metió en el sobre junto con una florecita silvestre.
Al día siguiente Tocotoc salió a repartir sus cartas silbando de alegría pero al llegar frente a la puerta de María se puso muy nervioso.
Toc-toc-toc...
– ¿Quién es? –preguntó María.
– So-soy yo, Tocotoc. Te tra-traigo u-una carta.
– ¿De dónde viene? ¿De quién es? –dijo María emocionada al abrir la puerta.
– No, no sé –dijo Tocotoc con las mejillas todas rojas y el corazón que se le explotaba.
– Bueno, hasta luego Tocotoc –respondió la costurera sin siquiera mirar al cartero.
Al día siguiente, cuando Tocotoc volvió a la casa de María para llevarle una revista, ella ya estaba esperándolo en la puerta desde mucho antes.
– Buenas, Tocotoc, ¿qué cartas me traes hoy? –preguntó impaciente la costurera.
– Buenas, María –dijo Tocotoc con emoción–. Te traigo una revista que viene de Ivigtut.
– Y... ¿nada más?
– No. Nada más –dijo Tocotoc.
– ¿No me traes otra carta como la de ayer? –preguntó María muy curiosa.
– No, María, nada más –dijo el cartero ordenando su morral con aire despreocupado.
– Bueno, hasta luego, Tocotoc –dijo María decepcionada.
Tocotoc se dio cuenta de que su carta había tocado el corazón de la costurera y como no quería que ella estuviera triste repartió rápido las cartas que le quedaban y se fue a su casa a escribir otra carta para María.
«Hola, María:
Ojalá te haya gustado mi primera carta. Te escribo nuevamente porque siento deseos de hablar contigo. Cómo me gustaría charlar contigo un ratico.
A mí me encanta pasear por el bosque, pero solo no me gusta ir, si tú me acompañas, ¡qué feliz sería yo!
Me gusta mucho cocinar pollo con cebolla y papas, pero me da pereza hacerlo para mí solo si tú quisieras comer conmigo ¡que feliz sería yo!
Me gusta jugar a las escondidas, pero no tengo con quién jugar, si tú quisieras jugar conmigo, qué feliz sería yo.»
Tocotoc dobló el papel y lo metió el sobre junto con una florecita silvestre, como la primera vez.
Al día siguiente María estaba en el balcón de su casa esperando a Tocotoc desde muy temprano.
– ¡Hola, Tocotoc! ¿Qué carta me traes hoy? –preguntó la costurera apenas vio aparecer a Tocotoc en su calle.
– ¡Hola, María! –dijo el cartero, un poco más tranquilo que los otros días–. Te traigo estas revistas y... una carta.
– ¿Una carta? ¿De quién? –dijo María, quitándole el sobre de las manos al cartero.
– No lo sé –dijo Tocotoc risueño.
– ¡Oh! ¡Qué bueno! ¡Hasta luego, querido Tocotoc –dijo María casi cantando. Tocotoc también quedó muy contento por el resto del día.
Desde entonces el cartero empezó a escribir una hermosa carta de amor a María todas las noches. La costurera recibía el correo feliz y Tocotoc, al ver que sus cartas eran tan bien acogidas, escribía y escribía y escribía cada vez cartas más bellas.
Los días fueron pasando y Tocotoc quería confesarle su amor a María. Quería pasear y conversar con ella. Cada vez que le entregaba una carta y María preguntaba: "¿de quién es?", él siempre estaba a punto de contestar: "mía".
Pero Tocotoc era tímido y pensaba que la costurera nunca lo iba a querer como quería a sus cartas. María cada día se conformaba menos con sus cartas y deseaba conocer la persona que escribía aquellas frases tan hermosas. Su curiosidad empezó a crecer y a crecer...
Un día Tocotoc dejó la casa de María para el final de su recorrido, pues había decidido hablarle a la costurera. Pensó pedirle a María que le hiciera una nueva chaqueta de cartero, así tendría la oportunidad de estar más tiempo con ella.
Al llegar a la casa de María, Tocotoc se peinó, estiró sus medias y tomó aire queriendo darse fuerzas. Después de entregar la carta a la costurera, le dijo:
– María, quisiera que tú me hacieras una nueva chaqueta de cartero.
– ¡Claro, Tocotoc! Te la haré con mucho gusto. Sigue y te tomo las medidas –respondió María muy atenta.
En el taller Tocotoc se quitó su vieja chaqueta de cartero y María empezó a tomarle las medidas.
– Manga: 63 cm, talle 55 cm, cintura 87 cm –iba diciendo y anotando la costurera.
– Oye, Tocotoc, ¿por casualidad tú no sabes quién me envía esas cartas que me traes todos los días? –preguntó de repente María.
– Pues, es que... no, la verdad... yo no sé –respondió Tocotoc, tan nervioso que hasta le temblaban las piernas.
– Está bien ¡Qué pesar! –dijo María y siguió tomando las medidas a Tocotoc.
Cuando terminó, la costurera pensó: "¡qué cartero tan guapo!" Tocotoc se despidió rápidamente de María y se fue a su casa corriendo a escribirle otra carta de amor.
María seguía esperando las cartas que Tocotoc le traía y como pasaba horas leyéndolas y releyéndolas, no avanzaba mucho en su trabajo y cometía errores al coser la tela. A Tocotoc no le importaba nada su nueva chaqueta de cartero. Para él era un placer pasar horas probándose la costura de María y conversando con ella.
Una tarde cuando la chaqueta por fin estaba casi terminada, María le preguntó a Tocotoc si quería quedarse a comer con ella.
– ¡Claro, María! –contestó Tocotoc–. Pero yo cocino. Te preparé un pollo con cebollas y papas, que es mi especialidad.
– ¡Delicioso! –respondió María y quedó pensativa– "¿pollo con cebollas y papas? Eso me recuerda algo...".
Tocotoc había empezado a cocinar y ella tenía que poner los platos en la mesa y las flores, que, como todos los días, le trajo el cartero en un florero. Cuando las estaba arreglando cayó en la cuenta de que eran las mismas que el escritor misterioso ponía siempre entre sus cartas.
"Florecitas silvestres, qué casualidad..." –pensó María–.
El pollo que preparó Tocotoc quedó sabrosísimo; y cuando terminaron de comer, María le propuso al cartero que jugaran un partido de damas chinas.
– No, María, mejor juguemos a las escondidas, es más divertido –dijo el cartero espontáneamente.
María aceptó y se fue a esconder de primera. Cuando estaba entre el baúl en que guardaba los retazos, pensó nuevamente en las cartas y el cartero:
"...escondidas...".
Jugaron un buen rato hasta cuando la costurera se sintió ya muy cansada. Tocotoc, que estaba feliz y lleno de ánimos, al despedirse le dijo desprevenidamente a María:
– ¿Te gustaría ir a pasear conmigo al bosque mañana domingo? ¡Qué feliz sería yo!
– Está bien, Tocotoc –le contestó María.
Esta vez la costurera confirmó sus presentimientos y pensando y pensando se quedó dormida en un asiento junto a la ventana.
Al día siguiente Tocotoc fue a buscar a María para ir al bosque. La costurera le entregó la nueva chaqueta de cartero y él se la puso para estrenarla durante el paseo. Cuando ya estaban en el bosque, María le preguntó a Tocotoc mirándolo fijamente:
– ¿De qué color crees tú que son mis ojos?
– Son verde limón –contestó Tococot inmediatamente.
– ¿Y mis mejillas, Tocotoc? –siguió preguntando la costurerita.
– Son como dos manzanas –contestó Tocotoc sin mirarla.
–¿Y mi nariz? ¿No es cierto que es grandísima?
– ¡María! ¡Estás bromeando. Tú tienes una nariz de frijolito –dijo Tocotoc mientras recogía unas flores silvestres.
– Tocotoc, la última pregunta: Por la mañana, ¿tú qué desayunas?
– A mí me gusta tomar un vaso de leche y pan untado con bastante miel, mucha, mucha miel –contestó el cartero, entregándole a María un ramito de flores silvestres.
Sin saberlo, ¡Tocotoc se había delatado! Al regresar a casa la costurera se despidió rápidamente del cartero y se sentó inmediatamente a escribir esta carta:
«Martes 18 de mayo
Querido Tocotoc:
Espero que cuando abras este sobre estés contento y no te duelan los pies de tanto caminar. Yo te conozco muy bien y te quiero mucho.
Tú, me encantas, Tocotoc. Si tú quisieras prepararme ese delicioso pollo con cebollas y papas otra vez, ¡qué feliz sería yo! Si tú quisieras jugar conmigo a las escondidas otra vez, ¡qué feliz sería yo! Si fuéramos a pasear por el bosque otra vez, ¡qué feliz sería yo!
Además las flores que tu me regalas son las más lindas del campo; y tus cartas, mi lectura preferida. Me gustaría mucho hacerte otra chaqueta para estar contigo otra vez. Me gustaría hacerte muchas chaquetas más!
María.»
María dobló el papel y lo metió en el sobre con una florecita silvestre. Al día siguiente, cuando Tocotoc terminó de hacer el reparto, encontró una última carta entre su morral. "Para Tocotoc el cartero de Cataplún", decía el sobre... Toco-toc no lo podía creer. Finalmente, el cartero de Cataplún, por primera vez recibió una carta.

Una Pastilla... Dos Pastillas

Parece mentira pero así es. Cuando María del Sol se enferma, la Gata Nata también. Si la niña está resfriada, con dolor de cabeza o simplemente indispuesta, la Gata Nata maúlla como loca, se arrastra por el suelo y no prueba la leche de su platico.
Entonces mamá llama al doctor de niños:
– Aló, doctor, la niña se siente mal. No, no tiene fiebre; no, doctor, tampoco tiene tos. Está decaída y no quiere comer nada. ¿Una pastilla de qué?... Ah, sí, ... Ya lo anoté... Cada seis horas... Sí, doctor. Bueno, doctor. Muchas gracias. Buenas noches, doctor.
Después mamá llama al doctor de gatos:
– Aló, doctor, la gata está enferma. No, no sé lo que le pasa. Lleva dos días sin comer y se pasa el tiempo tirada en un sillón. ¡Ella que es tan alegre! Sí, sí... Muy bien... una pastilla cada seis hora... Yo le aviso cómo sigue la gatica... Muchas gracias, doctor. Buenas noches.
Mamá consiente a María del Sol, ... y a la Gata Nata también. Una caricia por aquí, otra caricia por allá y todas tres, en la cama grande, parecen sentirse mejor.
Mejor,... hasta la hora de tomar las pastillas. La pastilla de María del Sol es redonda, grande y amarilla. La pastilla de la Gata Nata es cuadrada, pequeña y rosada. Mamá comienza con María del Sol.
– María, linda, mira que pastilla más bonita. ¡Debe ser deliciosa!
– Yo no me puedo tragar esa pastilla tan grande –dice María del Sol.
– Nena, por favor. El doctor dijo que te ibas a poner buenita.
– Yo no me la puedo tragar –dice María del Sol.
– Mi chiquita, prueba con jugo de naranja. Mira, cuando estés bien, te llevo al parque para que montes en columpio.
– Yo no quiero –dice María del Sol.
Mamá intenta con la Gata Nata.
– A ver, Natica, vamos a darle buen ejemplo a María del Sol. Tú sí te vas a portar bien y te vas a tomar la pastilla.
La Gata Nata no abre la boca. Se voltea para un lado y sigue durmiendo.
– Gatita bonita. Yo te ayudo a tomarte la pastilla. A ver, abre la boca y toma un poquito de leche.
La Gata Nata no abre la boca. Se levanta y camina perezosa hasta la otra esquina de la cama. Estira todo el cuerpo, se vuelve una bolita y sigue durmiendo.
– Nata, Natica. Abre la boca y trágate la pastilla. Mira que ya me estoy poniendo muy brava.
Y mamá atrapa a la Gata Nata, le abre la boca a la fuerza y empuja la pastilla con el dedo. La Gata Nata maúlla, pega un brinco y se esconde debajo de las cobijas.
Mamá intenta otra vez con María del Sol.
– Ves, María, la gata se tragó su pastilla. Ahora te toca a ti.
Y mamá atrapa a María del Sol, le abre la boca a la fuerza y empuja la pastilla con el dedo. María del Sol patalea y se esconde debajo de las cobijas.
– Por fin –dice mamá–. Si los doctores supieran lo difícil que es cuidar a estas criaturitas. Seguro que los doctores no tienen ni niñas ni gatas.
Mamá se va a la cocina. María del Sol y la Gata Nata se acomodan bien en la cama y duermen tranquilas toda la noche.
Por la mañana, María del Sol y la Gata Nata amanecen muy bien. Desayunan leche y pan y salen a jugar al jardín. Mamá está contenta de verlas curadas y va de cuarto en cuarto arreglando la casa.
En el cuarto de María del Sol, mamá dobla la piyama, quita las cobijas, estira las sábanas. De pronto, ... debajo de la almohada, encuentra una pastilla redonda, grande y amarilla. Al lado de esa pastilla, encuentra otra cuadrada, pequeña y rosada.
– Menos mal que no se tragaron las pastillas –suspira mamá–. Por un momento creí que se las habían tomado al revés. –Después recoge las dos pastillas, las bota y termina de tender la cama.